viernes, 23 de enero de 2009

Contradicciones...


Aunque deseo hacer lo bueno, no soy capaz de hacerlo. De hecho, no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero. Y si hago lo que no quiero, ya no soy yo quien lo hace sino el pecado que habita en mí. (Rom. 7, 18-20)

domingo, 18 de enero de 2009

Sobre el Bautismo (opúsculo neoapologético)

Todo lo que comienza en la tierra, antes o después termina, como la hierba del campo, que brota por la mañana y se marchita al atardecer. Pero en el bautismo el pequeño ser humano recibe una vida nueva, la vida de la gracia, que lo capacita para entrar en relación personal con el Creador, y esto para siempre, para toda la eternidad. (Benedicto XVI, Fiesta del Bautismo del Señor, 13 de enero de 2008)




En otro blog nos hemos enfrascado en una discusión teológica interesante e intensa sobre el Bautismo, en particular, sobre el Bautismo Cristiano (Católico). Varias preguntas surgen cuando se pone sobre la mesa esta cuestión. Este post es un intento de resolver, a la luz de la doctrina católica, algunas de estas interrogantes.

Antes de comenzar, quiero dejar claras dos premisas que transitarán este opúsculo. La primera es que aquí "Bautismo" será considerado como Sacramentum en sentido teológico, es decir: como "misterio" por una parte, como "signo" por otra y como "asentimiento humano que se hace obra" por otra. La segunda premisa está muy relacionada con el tercer sentido de Sacramentum: la teología solamente es válida cuando su dogma se traduce en acción humana coherente. De este modo, la discusión sobre el Bautismo tendrá que ver con el Misterio y el Signo tangible de Dios que representa, pero también con las implicaciones prácticas que imprime en el bautizado.

Dicho esto, procedo a analizar la cuestión.

Bautismo viene del verbo griego βαπτιζειν o βαπτειν, que significa "sumergir". En este sentido, el agua con que se moja la cabeza del bautizado es un signo sensible de un hombre que se "sumerge" en la Gracia que Cristo trajo al mundo. Así como Cristo se sumergió en el mundo, en el abismo incluso, para rescatar nuestras almas y levantarlas hasta la filiación divina, así el hombre que es bautizado experimenta sensiblemente un "sumergimiento" analógico. Mientras que Cristo se "sumergió" en el mundo, el bautizado se "sumerge" en la Gracia. (Cf. CIC, 1214)

Esta analogía puede verse explicada en las bellas palabras del Santo Pontífice cuando dice que:

Dios ha querido salvarnos yendo él mismo hasta el fondo del abismo de la muerte, con el fin de que todo hombre, incluso el que ha caído tan bajo que ya no ve el cielo, pueda encontrar la mano de Dios a la cual asirse a fin de subir desde las tinieblas y volver a ver la luz para la que ha sido creado. Todos sentimos, todos percibimos interiormente que nuestra existencia es un deseo de vida que invoca una plenitud, una salvación. Esta plenitud de vida se nos da en el bautismo. (13 de enero de 2008)


Ahora bien, este sumergirse en la Gracia tiene un significado existencial más profundo en la naturaleza humana.

Primero, el Bautismo tiene un efecto santificador sobre el bautizado. El hombre que se bautiza es "liberado del pecado y regenerados como hijos de Dios, llegamos a ser miembros de Cristo y somos incorporados a la Iglesia y hechos partícipes de su misión (cf Cc. de Florencia: DS 1314; CIC, can 204,1; 849; CCEO 675,1): "Baptismus est sacramentum regenerationis per aquam in verbo" ("El bautismo es el sacramento del nuevo nacimiento por el agua y la palabra", Cath. R. 2,2,5)." (CIC, 1213).

El Bautismo, entonces, libera del pecado, re-genera al hombre como hijo de Dios, inserta el hombre en el Cuerpo Místico de Cristo, acoge al hombre dentro de la Iglesia y lo hace responsable de la realización de su misión. Nótese bien cómo el Bautismo no solamente tiene un caracter extirpativo y, por tanto, pasivo en la vida del bautizado. Al contrario, quizá lo menos relevante -si se me permite- sea el hecho de que erradica el pecado original. El Bautismo lava al hombre para que pueda ser elevado a Hijo de Dios (Cf. 1 Juan 3, 2 y Rom. 8, 16) y así participar activa y responsablemente de la consecución del plan de Salvación dentro de la Iglesia, que es familia, escenario de acción y Cuerpo Místico para el bautizado.

Estos dones que surgen de la inmersión bautismal son tan grandes que pueden encontrar un símil muy revelador en las palabras de Cristo antes de su pasión: "Con un bautismo tengo que ser bautizado y ¡qué angustiado estoy hasta que se cumpla!" (Lc 12, 50). ¡Y cómo no el alma del hombre va a estar angustiada hasta ser bautizada si, al salir del agua, el Padre la reconoce y le habla directamente como le habló a Jesucristo: "Tú eres mi hijo amado" (Mc 1, 11). (Vale la pena aclarar aquí que ese ser hijos de Dios no implica que seamos "de la misma naturaleza que el Padre", como lo es Cristo. Significa que por la inmersión en la Gracia se nos otorga el don de participar de la filiación divina mediante Cristo, el verdadero Hijo). En palabras de Juan Pablo II:

Pablo muestra el efecto esencial del bautismo, cuando escribe a los Gálatas: «Todos los bautizados en Cristo os habéis revestido de Cristo» (Ga 3, 27). Existe una semejanza fundamental del cristiano con Cristo, que implica el don de la filiación divina adoptiva. Los cristianos, precisamente porque están «bautizados en Cristo», son por una razón especial «hijos de Dios». El bautismo produce un verdadero «renacimiento». (Audiencia 1 de abril de 1998)


Hasta aquí hemos podido adivinar la importancia existencial que tiene el Bautismo para los hombres. Es la puerta de entrada a una relación directa con Dios: es el "sí" que da el Padre cuando el hombre le pregunta si puede ser adoptado. La naturaleza del hombre está llamada a la felicidad y el bautismo permite que ésta no sea solamente una felicidad intramundana, sino también una felicidad eterna. La decisión del Bautismo manifiesta entonces, como signo, no sólo a un Dios que desea adoptarnos, sino que ha cambiado tanto su Creación mediante su propio bautismo pascual que lo manifiesta ya como opción radical: salvación filial o felicidad intramundana. El abismo es enorme.

Cabe ahora citar a un apologeta, ya que recoge en su pasaje la grandeza intrínseca a este sacramento y una nota importante para este opúsculo:

El Bautismo es el más bello y magnífico de los dones de Dios...lo llamamos don, gracia, unción, iluminación, vestidura de incorruptibilidad, baño de regeneración, sello y todo lo más precioso que hay. Don, porque es conferido a los que no aportan nada; gracia, porque, es dado incluso a culpables; bautismo, porque el pecado es sepultado en el agua; unción, porque es sagrado y real (tales son los que son ungidos); iluminación, porque es luz resplandeciente; vestidura, porque cubre nuestra vergüenza; baño, porque lava; sello, porque nos guarda y es el signo de la soberanía de Dios. (S. Gregorio Nacianceno, Or. 40,3-4)




San Gregorio nos remarca el caracter gratuito del Bautismo cuando dice que éste es Don "porque es conferido a los que no aportan nada". Esto me lleva a pensar sobre la relación del Bautismo y la edad. En otras palabras, el caracter del Bautismo sobre los niños y los adultos.

Cuando se defiende que el Bautismo debe ser recibido de adulto, el argumento apela a la libertad de elección por parte del hombre a ser bautizado. Esta es una opción válida en el caso de los paganos y practicantes de otras religiones, pues ellos ya están comprometidos con una religiosidad particular y su modo de vida debe ser enfrentado a un juicio teológico sobre el pertenecer o no a la familia católica de Dios. Sin embargo, la decisión no es sobre la Fe, ni sobre la vida cristiana, sino sobre su querer formar parte de la Iglesia de Dios. De este modo, aunque el Bautismo sea el Sacramento de la Fe (CIC 1253), no es el Sacramento de una Fe plena y desarrollada. Es el Sacramento de iniciación a una vida nueva, que requiere del trabajo constante y continuo del bautizado para acercarse a Dios y, así, a la salvación.

Ahora bien, siendo que el Bautismo es un sacramento de iniciación, no hay contradicción entre otorgarle a los hijos carnales la filiación divina y permitirles ser libres de elegir su camino dentro de la Iglesia: santificación, herejía, apostasía, por ejemplo. Como padres cristianos, la responsabilidad es darle a los hijos las herramientas necesarias para que puedan desarrollarse plenamente como hombres: y si al ser católicos se cree que la filiación divina es un don tan grande que nos abre las puertas a la salvación, entonces sería un crimen negarle a un vástago propio la oportunidad de acercarse a Dios mediante la Gracia que Él otorga mediante la Inmersión sacramental y mediante el estudio y santificación constantes dentro del seno de la Iglesia. Los padres de familia están llamados a la coherencia teológica más radical: si son católicos, deben velar por la filiación divina de sus hijos y darles las herramientas necesarias de conocimiento y formación moral para que se desarrollen como hijos de Dios en esta nueva vida que se alcanza cuando se muere al pecado por el Bautismo, como se ha dicho ya. (Vale la pena apuntar que la libertad queda protegida en los ritos sacramentales: la Confirmación es la puerta para que el bautizado libremente abrace o repudie al Padre que lo ha adoptado (Cf. Ga 4,5-7)).

Más aún, es el mismo Jesucristo quien nos advierte de la importancia de otorgarles la filiación divina a los niños: "Dejad que los niños se acerquen a mí, no se lo impidáis" (Mc 10,14).

Pongo un ejemplo, a modo de ilustración: cuando un adulto confía en las palabras de un amigo, puede honestamente decirle a sus hijos que ellos también confíen en su amigo. Así, el padre les otorga a sus hijos una relación nueva a sus hijos, basada ésta en la confianza que él tiene depositada en su amigo. Del mismo modo, cuando un padre posee la Gracia del bautismo y la Fe en su Padre Celestial, no hay motivos para no querer transmitir esta gracia a sus hijos. Es como si, en el ejemplo, el padre de familia le dijera a su hijo: "no confíes en mi amigo hasta que tengas la libertad de confiar por ti mismo en él. Aunque yo confíe en él y lo conozca, tú no te le acerques, no vaya a ser que no quieras conocerlo ni confiar en él".

Puedo decir, con el Catecismo de la Iglesia Católica que:

Los [padres de familia] bautizados "por su nuevo nacimiento como hijos de Dios están obligados a confesar delante de los hombres la fe que recibieron de Dios por medio de la Iglesia" (LG 11) y de participar en la actividad apostólica y misionera del Pueblo de Dios (cf LG 17; AG 7,23). (CIC 1270)


Así, queda mostrada la obligación de los padres católicos a bautizar a sus hijos con un espíritu de Fe y responsabilidad. Bautizar a un hijo no es dárselo a la Iglesia para que ella lo eduque ex nihilo, aunque algún caso podría darse, sino otorgarle la filiación divina y apropiarse de la responsabilidad de formar la personalidad del hijo bajo la imagen y semejanza que debe manifestar como nuevo hijo de Dios.



Por último, en tanto a la necesidad del Bautismo para alcanzar la salvación, lo primero que puedo decir es que "la cólera de Dios se revela desde el cielo contra la impiedad e injusticia de los hombres que aprisionan la verdad en la injusticia" (Rom. 1, 18), queriendo decir con esto que Dios no condena a los hombres por tener faltas, sino por querer mantenerse en ellas. Bajo la luz del tema del Bautismo, Dios no condena a los hombres que no reciben el Bautismo, si ellos tienen el alma abierta a la Verdad, sino que condena a los hombres (bautizados y no bautizados) que deciden mantenerse en la impiedad, por miedo, por comodidad o por cualquier otra aversión a los misterios de nuestro Señor.

El hombre no bautizado puede ser salvado, ya sea por un bautismo en su adultez y una consecuente vida de santidad, ya sea porque en su ignorancia persiguió la Verdad, que le pertenece solamente a Cristo. Esta identificación de la Verdad con Cristo es la puerta por la cual puedo entender que Él haya venido también por los gentiles. Está el ejemplo evangélico del hombre que actuaba en nombre de Cristo, pero que no lo seguía junto a sus demás discípulos y apóstoles. Como dice San Agustín "aquél hombre tenía su propia iniquidad" (El único Bautismo), había en él, pues, cierta naturaleza de "gentil", pues no formaba parte del "pueblo" de Cristo. Sin embargo, Cristo lo reconoce y dice: "No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí" (Mc 9, 39).

Ahora bien, reitero, esto no puede significar por ningún motivo que cualquiera que niegue a Cristo y haga sus obras pueda ser salvado. De éstos se expresa así el evangelio cuando narra un diálogo el día del Juicio: "Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y en tu nombre expulsamos los demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?, les responderá Cristo: ¡No os conozco; apartaos de mí, obradores de iniquidad!" (Mt 7, 22-23). La libertad del hombre debe ser, para alcanzar la salvación, orientada a la Verdad que es Cristo y no justificar bajo la sombra de la "libertad" y de las "acciones buenas" propias del fuero interno el darle la espalda y negar a Aquél que se bautizó primero por todos nosotros. La salvación no le llegará, por tanto, no al no bautizado, sino a aquél que peca contra el Espíritu Santo: el que consciente el pecado en su vida o en la de los demás al apropiarse inicuamente de la Verdad que Cristo le otorgó.

Así, aunque más difícil y solitaria, la salvación puede llegarle a un no bautizado si se consagra a la Verdad. Pero esta consagración no le es suficiente a un bautizado, pues en ella debe poder descubrir (quitando velos o picando piedra) el Rostro del Cristo que murió y resucitó por todos los hombres mediante su Bautismo Pascual.




Quede hasta aquí expuesto este opúsculo sobre el bautismo. Sé que muchas cuestiones quedan aún por resolverse y muchas discusiones podremos disfrutar a este respecto, por lo que los invito a entablar un diálogo honesto al respecto. Espero en Cristo que se me amoneste, ilumine y perdone por los errores que posiblemente cometí, así como que cualquier acierto que se encuentre en estas líneas sea reconocido no como mío, sino como de quien procede toda la sabiduría.

miércoles, 7 de enero de 2009

La sal que hiere y cura


¿...hemos preferido escudarnos en la erudición teológica para demostrar que también nosotros estamos a la altura de los tiempos? ¿Hemos transmitido realmente a un mundo hambriento la palabra de la fe de un modo comprensible y capaz de llegar al corazón de los hombres, o nos hemos quedado dentro del estrecho círculo de los que se pasan la vida polemizando en interminables discuciones eruditas y pasándose la pelota unos a otros? Quisiera terminar con estas preguntas, que son al mismo tiemp omis mejores deseos para los próximos veinte años.
-J. Ratzinger, Teólogos de centro


La teoría teológica, acaso, no sirva de mucho -al igual que cualquier existencial teórico con el que nos topemos-, si no se hace vida en el propio actuar, en el propio caminar hacia la felicidad de la redención.

domingo, 4 de enero de 2009

Moral, perdón y expiación: el centro personal de la reforma


Miremos un momento, antes de proseguir, todo lo que hemos sacado a la luz hasta aquí. Hemos hablado de una doble acción de "quitar", de un acto de liberación, que es doble: de purificación y de renovación. (...)

Ahora tenemos que dar otro paso y aplicar todo esto no ya a un nivel genérico y objetivo como hasta aquí, sino al ámbito personal. En la esfera personal también es necesario un "quitar" que nos dé la libertad. En el plano personal no siempre la "forma preciosa", es decir la imagen de Dios, salta a la vista. La primera cosa que vemos es la imagen de Adán, la imagen del hombre no destruido completamente, pero de todos modos decaído. Vemos el polvo y la suciedad que se han posado sobre la imagen. Todos nosotros necesitamos al verdadero Escultor, que quita lo que empeña la imagen; necesitamos el perdón, que es el núcleo de toda verdadera reforma. No es una casualidad que en las tres etapas decisivas de la formación de la Iglesia que relatan los Evangelios, el perdón de los pecados haya tenido una función de primer orden.

Si leemos con atención el Nuevo Testamento, descubrimos que el perdón no tiene en sí mismo nada de mágico; pero tampoco es un fingir olvidar, no es un "hacer como si no", sino que es un proceso de cambio completamente real, como el que desarrolla el Escultor.

Quitar la culpa significa verdaderamente remover algo. El acontecimiento del perdón se manifiesta en nosotros por medio de la penitencia.
En este sentido el perdón es un proceso activo y pasivo:
la potente palabra creadora de Dios obra en nosotros el dolor del cambio y llega a ser así un transformarse activo. Perdón y penitencia, gracia y conversión personal no están en contradicción, sino que son dos aspectos del único e idéntico acontecimiento. Esta fusión de actividad y pasividad expresa la forma esencial de la existencia humana. En efecto, nuestro crear empieza con el ser creados, con nuestro participar en la actividad creadora de Dios.

Aquí hemos llegado a un punto verdaderamente central: creo que el núcleo de la crisis espiritual de nuestro tiempo tiene sus raíces en el oscurecerse de la gracia del perdón. Pero notemos antes el aspecto positivo del presente: la dimensión moral comienza nuevamente, poco a poco, a ser tenida en consideración. Se reconoce, es más, ha llegado a ser algo evidente, que todo progreso técnico es discutible y en última instancia destructivo, si no le corresponde un crecimiento moral. Se reconoce que no hay verdadera reforma del hombre y de la humanidad sin una renovación moral. Pero la moralidad se queda finalmente sin energías, pues los parámetros se escoden en una niebla densa de discusiones. El hombre no puede soportar la moral pura y simple, no puede vivir sin ella: ella se convierte para él en una "ley", que provoca el deseo de contradecirla y genera el pecado. Por eso cuando el perdón, el verdadero perdón pleno de eficacia no es reconocido y no se cree en él, la moral ha de ser marcada de modo tal que las condiciones de pecado para cada hombre no puedan producirse. Genéricamente es posible afirmar que la actual discusión sobre la moral tiende a liberar a los hombres de la culpa, haciendo que no presenten nunca las condiciones de dicha posibilidad. Viene a mi mente la frase mordaz de Blaise
Pascal: "Ecce patres, qui tollunt percata mundi!". Según estos "moralistas", ya no existe la culpa.

Está claro que esta forma de liberar al hombre de la culpa tiene un costo muy barato. Los hombres liberados del pecado de esta forma saben muy bien dentro de ellos que esto no es verdad, que el pecado existe, que ellos mismos son pecadores y que debe existir un modo efectivo de superar el pecado. Jesús no llama a quienes ya se han liberado del pecado con sus propias fuerzas y que por esta razón consideran que no tienen necesidad de Él, sino que llama a quienes se reconocen pecadores y que por tanto tienen necesidad de Él.

La moral conserva su seriedad sólo si existe el perdón, un perdón real, eficaz; de lo contrario, es sólo una pura potencialidad. Pero el verdadero perdón existe si existe el "precio de la compra", el "equivalente en el cambio", si la culpa fue expiada, sí existe la expiación. La circularidad que existe entre "moral-perdón-expiación" no se puede fragmentar: si falta un elemento desaparece el resto. De la existencia indivisible de este círculo depende que haya rendición o no para el hombre. En la Torá, en los cinco libros de Moisés, estos tres elementos están entrelazados indivisiblemente y no es posible separar este centro compacto del canon del Antiguo Testamento, siguiendo un criterio de la Ilustración, del resto de la historia pasada. Esta modalidad moralista de actualización del Antiguo Testamento termina necesariamente fracasando; justamente en este punto radicaba el error de Pelagio, que hoy tiene más seguidores de lo que parece. Jesús, por el contrario, cumplió con la Ley, no sólo con una parte de ella, y de este modo la renovó desde la base. El mismo, que padeció expiando todos los pecados, es expiación y perdón a la vez, y por ende la base única, segura y siempre válida de nuestra moral.

No se puede separar la moral de la cristología, porque no se puede separar de la expiación y del perdón. En Cristo toda la Ley se cumplió; de ahí que la mora se haya convertido en una exigencia verdadera y factible para todos nosotros. A partir del núcleo de la fe se abre así cada vez más la vía de la renovación para cada uno de nosotros, para la Iglesia en su conjunto y para la humanidad.


En este año nuevo que promete tanta renovación, este fragmento de J. Ratzinger me parece por demás esclarecedor. Hemos cometido, todos, faltas que no han sido superadas aún, salvo por ese "autoengaño" de haber superado la culpa. La expiación es necesaria para poder comenzar de nuevo, efectivamente no hay un "borrón y cuenta nueva" que valga.

Empíricamente, pienso en casos como el del hombre que debió vivir solo bajo un régimen de explotación para poder equilibrar su moral tras una profunda caída, en la mujer que debió enfrentarse a sus temores para poder superar el fango de dolores que el miedo le provocó, en la otra mujer que debió regresar a su casa con un rostro de vergüenza esperando un nuevo intento, en el otro hombre que debe reconocer su debilidad para poder apegarse nuevamente a la conciencia de la verdad y no de la autojustificación... por poner sólo unos ejemplos.

Definitivamente este será un nuevo año. Un 2009 se asoma con rostro de renovación. Pero depende de nosotros, de entender el círculo del que habla Ratzinger para poder ascender en esta espiral virtuosa hacia nuestra Salvación.